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El inmortal Gregorio Fuentes cumplió 120 años

Por Leonel Nodal, especial para Excelencias News Cuba
El inmortal Gregorio Fuentes cumplió 120 años

Gregorio Fuentes, el hábil navegante del habanero puerto pesquero de Cojímar, inmortalizado por Ernest Hemingway como capitán de su famoso yate Pilar, cumpliría 120 años en este mes de julio de 2017 y, por supuesto, semejante aniversario merece una celebración o por lo menos el recuerdo de los amigos.

Nacido el 11 de julio de 1897 en Lanzarote, Islas Canarias,  vivió a lo largo de tres siglos, como si la muerte –a la que nunca tuvo miedo- se hubiera olvidado de él, que  tantas veces la desafió en sus anónimos combates con los tiburones que intentaban arrebatarle su presa amarrada a un bote de remos o en sus épicas batallas con huracanes y tormentas, en las enfurecidas aguas del Atlántico.  

A los 6 años descendió solo en el puerto de La Habana, después de quedar huérfano de padre en la travesía del bergantín que lo traía de Canarias, y fue a dar a Casablanca, donde unos paisanos le dieron abrigo y se hizo hombre de mar, cruzando a nado la bahía para buscar trabajo en el puerto.

Después fue a dar a Cojímar y allí aprendió a pescar en botes y chalupas, a fuerza de brazo y remos, con una botella de agua y una lata de galletas, de sol a sol, e incluso en las noches, cuando el peje se enganchaba y lo alejaba mar adentro y solo, con o sin luna, seguía su lucha de vida o muerte con una aguja o un castero cinco veces más pesado que él, hasta el cansancio de la bestia, que volvía a tierra amarrada.     

El gallego Gregorio como le decían sus conocidos, alto, recio, curtido, de grandes manos y brillantes ojos claros, verdes o azules, según se vieran al sol, fue uno de los lobos de mar que inspiró al personaje protagonista de El viejo y el mar, la novela que coronó en 1954 la carrera de Hemingway con el premio Nobel de literatura.

En 1928 se conocieron en las cercanías de Dry Tortuga, en medio de una tormenta que amenazaba con hacer zozobrar el Anita, la embarcación en la que viajaba el joven y todavía desconocido periodista norteamericano.

Gregorio le tiró un cabo, los puso a buen resguardo en una de sus riesgosas maniobras marineras, los condujo hasta Key West, donde les reveló la existencia de las comunicaciones por cable submarino que servían a los operadores del faro y el escritor en ciernes, asombrado de su maestría, jamás lo olvidaría.

Tampoco se olvidó de la amable acogida que le brindo el temario navegante a bordo de su goleta, cargada de pescado y cebollas con destino a Estados Unidos, y sobre todo de la pulcra limpieza de su embarcación, inconcebible, algo impresionante, como recordó muchos años después cuando describió aquel encuentro memorable.

Diez años más tarde, cuando ya Gregorio era un famoso patrón con rango de práctico del puerto de La Habana, capaz de guiar a los grandes buques por los sumergidos canales de la bahía, Hemingway que ya visitaba por esos tiempos la capital cubana y que se había hecho construir un lindo  yate bautizado Pilar, lo buscó en Cojímar para proponerle que fuera su capitán.

No tardaron en ponerse de acuerdo en un pacto de palabra de hombres, que unían sus vidas y destinos en un contrato sin firma que solo la muerte logró separar. Desde 1938 hasta el último día de vida de Hemingway, el 2 de julio de 1961, cuando un fogonazo de una de sus escopetas de caza lo dejó tirado en un charco de sangre.

A Gregorio lo entristeció para siempre. Durante el resto de su vida lo vieron contemplar absorto el horizonte marino desde el muro que bodea la entrada de la rada de Cojímar. Allí le hicieron un monumento al Papa Hemingway con bronce recogido por los pescadores. Allí está atento a las mareas, bañado por la brisa. Hasta allí llegan los que quieren saber más de su vida, tocar la arena y el agua en las que tantas veces se sumergió.

Casi en la cima de la empinada calle Pazuela, en el 209, donde vivió hasta el 13 de enero de 2002, se encuentra la casa de Gregorio.  

No es monumento nacional, ni acoge todavía un museo, ni siquiera un pequeño sitio de recordación. Dentro de la vivienda quedan algunas de sus pertenencias. En la pared situada frente a la puerta un gran cuadro reproduce fotos de Hemingway y Gregorio al lado del Pilar, el trio que se hizo famoso en todo el mundo. Parecen hermanos.

Con hermanos o más, como fieles amigos, íntimos consejeros, confiables confidentes, socios de aventuras de pesca, comidas cocinadas por Gregorio con los peces y mariscos de la captura del Papa  Hemingway, así vivieron y así son recordados.

Gregorio, espero casi hasta los últimos días de su vida para recobrar su nacionalidad española, le decían gallego, como a todos los peninsulares aplatanados en Cuba, pero en realidad creció y vivió como un cubano, el patriarca de Cojímar, la tierra que también el norteamericano Hemingway consideró su patria chica, a la que dedicó su premio Nobel.

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