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Recuerdan 170 años de llegada de chinos a Cuba

Recuerdan 170 años de llegada de chinos a Cuba

Al filo de los 79 años, el general de brigada Gustavo Chui vive orgulloso de la herencia china que corre por sus venas y que le transmitió su padre José, un chino asentado en Santiago de Cuba, la segunda ciudad en importancia de la Isla.

El padre abrió una panadería en la calurosa ciudad del oriente cubano y cambió su nombre por un José mucho más castizo y evidencia de que se “aplatanó”, como dicen los cubanos cuando algún extranjero asimila las costumbres.

José, junto a su esposa la cubana Ana Hilda Beltrán, transmitieron al pequeño Gustavo un sentimiento de justicia y rebeldía que en 1956 lo llevó a unirse a las fuerzas guerrilleras que encabezaba Fidel Castro.

Por supuesto que el bisoño guerrillero empezó como soldado, pero tras el triunfo rebelde el 1 de enero de 1959 su carrera militar tuvo un fulgurante ascenso hasta convertirse en 1980 en “general de brigada”, grado que también alcanzaron los descendientes de chinos Armando Choi y Moisés Sio Wong.

La trayectoria militar de Chui, muy vinculada a la historia más reciente de Cuba, es apenas un reflejo de lo que a lo largo de los años hicieron varios ciudadanos chinos incorporados a las luchas por la independencia.

Ahora, el general en retiro no esconde el orgullo del aporte de tantos chinos y sus descendientes que dejaron una profunda huella en la historia y en la formación de la nacionalidad cubana.

“Siento un gran orgullo por nuestros ancestros que llegaron hace 170 años a nuestra patria como culíes, como esclavos, engañados, pero se incorporaron a la Guerra de Independencia en el año 1868 cuando el Padre de la Patria (Carlos Manuel de Céspedes), el 10 de octubre, dio el grito de guerra”, dice a Xinhua.

El 3 de junio de 1847 desembarcaron en el puerto habanero de Regla un total de 206 culíes traídos en el bergantín español “Oquendo”, procedentes del sur de China.

En esa época, España comenzó a atraer mano de obra barata desde Asia, poco tiempo después de que Inglaterra promoviera la contratación de inmigrantes, como vía para sustituir a los esclavos en las plantaciones azucareras de sus dominios coloniales.

Madrid, que regía entonces el destino de Cuba, había firmado varios tratados en ese sentido con los ingleses desde 1817, pero no fue hasta 1844 que la Real Junta de Fomento de La Habana envió agentes a China para estudiar al obrero agrícola que atendía las siembras de algodón, arroz, té y trigo.

Así, cientos de chinos dejaron a sus familias con la ilusión de ganarse la vida en el Nuevo Mundo, pero su destino fue cruel, pues al ser reclutados por agencias comerciales establecidas en Macao y Hong Kong, eran encerrados en barracones hasta abordar el buque que los transportaría a América.

Cada culí tenía que firmar un contrato que establecía su subordinación a un mismo patrón durante ocho años consecutivos, por un salario mensual de cuatro pesos de plata, una cuota de alimentos y medicinas en caso de enfermedad.

Concluido dicho periodo, dispondrían de 60 días para regresar a su país por cuenta propia o buscarse un nuevo empleador.

Sin embargo, tras pisar el suelo cubano eran conducidos a la localidad habanera de Regla, desde donde podían contemplar la ciudad sin salir de los malolientes depósitos en los que esperaban que algún rico hacendado los comprara por un precio de entre 60 y 160 pesos, según su potencial físico y habilidades.

La mayoría de los culíes fueron incorporados a trabajos agrícolas en ingenios azucareros, cafetales y vegas de tabaco, mientras que a otros los condujeron hacia las minas de la zona oriental del país o a los puertos y fábricas de La Habana.

Reglamentos establecidos por la Corona española incluían castigos corporales en caso de desobediencia, que incluía recibir 12 latigazos si desconocían la voz de un superior y 18 por reincidir. Si se fugaban, los rancheadores tenían permiso para cazarlos, recibiendo por ello un pago que se descontaba del salario de los aprehendidos.

A pesar de esas duras condiciones, la emigración no se detuvo y la comunidad fue creciendo hasta llegar a haber en la Isla 24 mil 647 chinos en 1931.

A la altura del año 1954, unos pocos cientos eran propietarios en La Habana de pequeños negocios como tintorerías, tiendas de víveres finos, de telas y sedería, carnicerías, zapaterías, quincallas, bodegas, cantinas y restaurantes, entre otras instalaciones.

Un punto relevante de la historia fue la constitución en Cuba de una Cámara de Comercio China en 1913, a raíz de la creación de la República de China y como consecuencia del auge de las importaciones de productos desde ese país por parte de los comerciantes chinos de mayor solvencia que sobresalieron aquí en esa época.

El Barrio Chino habanero, una barriada de unas 40 manzanas en el centro de la ciudad, fue uno de los más grandes de América y desde 1999 vive un proceso acelerado de restauración y renovación.

De manera similar se mantiene desafiando sus casi 125 años de fundado desde mayo de 1893, el conocido Casino Chung Wah, ubicado en el corazón habanero, donde se agrupan los nativos radicados aquí, lo que permite estrechar los vínculos entre las instituciones chinas que funcionan en Cuba.

En el Barrio Chino también sobresale el único periódico en idioma chino que se edita en Cuba desde hace casi 90 años, el Kwong Wah Po, cuyo primer ejemplar vio la luz en marzo de 1928 y acaba de volver a ser publicado.

Los datos demográficos más recientes disponibles, que son los del censo nacional de 2012, señalan que la población asiática en Cuba, mayoritariamente china, es el 1,02 por ciento del total nacional que ronda los 11 millones 200 mil habitantes.

En la actualidad viven aquí poco más de un centenar de chinos naturales, la mayoría en La Habana, especialmente, en el Barrio Chino, aunque los descendientes se calculan en alrededor de 20 mil.

Desde el martes y hasta el domingo, el gobierno cubano organizó una serie de festejos culturales para honrar la herencia china, un legado del que hombres como Chui viven hoy muy orgullosos.

Con información de Xinhua

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