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Viñales, o el encanto de un “pueblo tomado”

Por: Elisa López
Viñales, o el encanto de un “pueblo tomado”

El más turístico de los enclaves pinareños: Viñales, luce desde hace algunos años como un “pueblo tomado”. Sus paisajes más tradicionales, dibujados por yuntas de bueyes y guajiros a caballo que desandan calles largas y estrechas, escoltadas a ambos lados por techos de tejas a dos aguas, cuentan ahora con la pincelada añadida de vacacionistas de procedencias muy disímiles que, mochila al hombro y botas en ristre, se presentan como aventureros dispuestos a la conquista.

Resulta hasta gracioso ver cómo estos turistas altos y rubios, que en su mayoría vienen huyendo de los fuertes inviernos del norte del planeta, se han adueñado de portales, comercios pequeños, y muchos de los caminos que conducen al hermoso valle que vieron primero en postales y fotos; aquella explanada verde salpicada de mogotes redondeados, a los que un poeta famoso comparó con elefantes dormidos.

Algunos se mueven a pie, buscando el contacto permanente con los lugareños y atisbando aún más en la historia y las costumbres de este pueblo, que como otros del interior de Cuba vivió largos años detenido en el tiempo; en tanto que otros pasean en bicicleta por los alrededores, cámara al costado y ojos siempre atentos para los detalles interesantes. Los hay también que se adentran por los senderos abiertos por doquier, exploran las cuevas más cercanas, e intentan descubrir la fórmula oculta detrás de tanto verde deslumbrante.

Lo cierto es que a todos los visitantes termina enamorándolos este asentamiento singular, ubicado a más de 200 kilómetros de La Habana, que parece haberse   acicalado con colores más vivos para recibirles. En casi todos los portales y terrazas se encuentra hoy un cartel que incita al hospedaje, o a disfrutar de una cocina que va de lo más tradicional a lo más trending en materia de gastronomía.

La avalancha creciente de viajeros foráneos provocó que en Viñales no resultaran suficientes sus tres hoteles de mediano tamaño: Los Jazmines, La Ermita y Rancho San Vicente; o quizás fueron los propios turistas quienes empujaron para que se multiplicaran las residencias familiares que optaron por abrir espacios para alojarlos. Para los “descubridores”, el intercambiar de cerca con las personas que habitan este sitio significa aportar una dimensión más humana y vivencial a la clásica experiencia turística.

Realmente, hay que decir que también los viñaleros comprendieron rápido de las posibilidades de prosperidad aparejadas al ir y venir de tanto turista extranjero o nacional, llegado casi siempre hasta estos lares en pos de un poco de sosiego y vida sana, además de un baño de naturaleza pura. Desde los años 90 del pasado siglo, cuando el poblado se abrió con más fuerza a la industria de la hospitalidad, buena parte de sus habitantes comenzaron a pasar cursos de superación y aprender idiomas. 

Contaban con otros rudimentos y fortalezas que les ayudaron decisivamente en función del nuevo emprendimiento vital: en su código genético  se incorpora el carácter afable y sencillo que caracteriza a la “gente del campo” cubano, y sabían que iban a cautivar al mundo con las vistas de ese paisaje único que los rodea.

No por gusto, y en muy poco tiempo, Viñales logró posicionarse entre los enclaves turísticos más conocidos de Cuba, con una revitalización constante en sus ofertas de ocio y descanso, en la que mucho ha tenido que ver en los últimos años la impronta de la iniciativa privada.

Los viajeros que ahora la visitan siguen recorriendo sus lugares más emblemáticos: Mural de la Prehistoria, Cueva del Indio, Palenque de los Cimarrones, o instalaciones del Parque Nacional, pero generalmente vienen además con los datos referenciales de la casa o el hostal donde se quieren quedar, o del restaurante recomendado por un conocido que los antecedió.

Y es que ese pueblo pinareño vive una verdadera eclosión de negocios “por cuenta propia” que se alimentan del turismo. Aseguran fuentes oficiales que existen actualmente más de 600 habitaciones en alquiler y casi 60 restaurantes privados, a los que se alaba por su servicio personalizado y por brindar variantes de precios para todos los bolsillos.

No hacen falta esas estadísticas a quien se llegue hasta Viñales con la disposición de indagar un poco más sobre el fenómeno que se está dando allí: recorriendo sus calles breves comprobará que abundan los portales donde los vacacionistas foráneos degustan de un coctel o un buen café, preparado a la usanza de la familia que les ha dado acogida.

Le sorprenderán además los cientos de pancartas y carteles que incitan a conocer restaurantes que deleitarán su paladar, y que se le aparecerán incluso en las inmediaciones del valle, en veredas junto a bosquecillos tupidos, o alimentando  el fragor oloroso de sus cocinas al carbón con productos salidos de la tierra y el sudor de una finca cercana.

A cada paso, se tropezará con esos visitantes altos y rubios, que van y vienen por doquier en busca de la aventura del día. Son “descubridores” de nuevo tipo que ni siquiera se han dado cuenta de que tienen “tomado” este pueblo, al que han dotado de un encanto adicional: Viñales es ahora un destino turístico de moda.

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