La Princesa que se enamoró de La Habana

11 de Marzo de 2019 5:12pm
Redacción Excelencias News Cuba
Durante su visita a La Habana, la princesa Eulalia de Borbón

Bastaron a la princesa María Eulalia de Borbón una estancia de siete días en la Villa de San Cristóbal de La Habana, en mayo de 1893, para describirla en carta a su madre la reina Isabel II como “ciudad única, espléndida, galante, hecha al derroche, a la suntuosidad y al lujo, a las elegancias europeas y al señorío criollo”.

Sobre sus impresiones agregó "No puedes figurarte hasta qué punto La Habana y yo formamos un solo cuerpo y un solo pensamiento. Sí, sí, [la] echaré de menos. De manera que voy a abandonar este admirable país —calor aparte— donde todo es interesante, donde todo embelesa por su encanto (...)”.

 Acotó, además, “Sentiré seguramente la nostalgia de La Habana, tan particular de aspecto, con su mezcla de habitantes, que va del blanco al negro pasando por el tono de los mestizos y de los hombres de complexión india" (…) Al partir, mi corazón se ha apretado como si nunca más tuviera que volver a pisar esta tierra tan fecunda, este país encantador donde los sentimientos son tan vivaces como las plantas y los árboles... me ha parecido que dejaba detrás de mí algo de mí misma”.

Años después de iniciado el siglo XX publicó la princesa esas referencias en sus memorias y Cartas a Isabel II (Mi viaje a Cuba y a Estados Unidos), auténticos pasajes literarios que permiten la reconstrucción bastante completa de las tramas de su recorrido.

Pero el viaje de la Infanta no fue una escapada romántica, ni de placer a lugares exóticos del Caribe. Obedecía a una pragmática misión política y diplomática por voluntad de la Reina y el Jefe del gobierno español, Antonio Cánovas del Castillo, quienes motivados por razones nada líricas enviaron a la Princesa al otro lado del Atlántico, para contribuir a mantener el dominio colonial ante los aires de insurrección que batían en la Siempre fiel isla de Cuba.

Una emisaria sincera

Y en cumplimiento de esa encomienda en términos políticos fue descarnadamente sincera a la corona española cuando resumió su parecer: “Pocos días me bastaron para darme cuenta de la verdadera situación cubana (…). Detrás de las atenciones, de la gentileza y de la afabilidad característica del habanero se descubría su pensamiento político distanciado de la corona… Solo escuché palabras de respeto, de simpatía y de homenaje. Pero vi que en Cuba nuestra causa estaba perdida definitivamente”.

Según apunta Eulalia de Borbón, Cánovas le explicó que su recorrido tendría la misión de “Calmar a los cubanos y llevarles el anuncio de que Su Majestad atenderá, en lo posible, sus peticiones. Nuestra política respecto a Cuba cambiará en adelante (…) pero antes hay que someter a los insurrectos, sin lastimar a nuestros adictos”, según relató la viajera.

Después de su estancia en La Habana partiría hacia EE.UU. para participar en la Feria de Chicago y representaría a la Reina ante el presidente estadounidense en visita amistosa.

No pudo escogerse a mejor enviada para tan delicado cometido. Eulalia de Borbón, a los 28 años, poseía una amplia formación intelectual humanista que adquirió en los mejores colegios franceses durante un periodo de exilio, cuando un movimiento republicano desalojó a la monarquía entre 1868 y 1875, dominaba fluidamente el francés, inglés y alemán, entre otras lenguas y había visitado todas las cortes europeas, por lo cual se convirtió en lo que en términos actuales sería una embajadora para misiones especiales.

La Princesa no escapó de la atención del político, periodista y escritor José Martí. “Sobre esta dama de hermosa figura, mirada que ordena, elegancia que atrae, y vasta mente (…) Cierto que llevan los ojos tras de sí su reír bullicioso, sus claros ojos azules, su cabello áureo, su fisonomía resplandeciente y móvil. Es fama que tiene voluntad recia, y desamor señalado por la música…”. (La Opinión Nacional, Caracas, 17 de septiembre de 1881).

Durante la preparación del viaje a Cuba recurrió al General Calixto García, quien residía en Madrid, y sobre ese encuentro relató “Me puse, empero, en contacto con García por intermedio de un amigo común, y gracias al culto ´cabecilla´ cubano pude penetrar un poco en la realidad del problema. Llegué a pensar que, al fin y al cabo, les sobraba razón a los cubanos en sus deseos de libertarse (…)”.

Los colores prohibidos

La comitiva real llegó a La Habana el 8 de mayo, después de una breve estancia en San Juan Puerto Rico y estaba integrada también por el esposo de la Princesa Eulalia, el duque Antonio de Orleans y Borbón, el Duque de Tamames y de Veragua, una dama de honor, la Marquesa de Arco Hermoso y como secretario particular, don Pedro Jover.

En el muelle de la ciudad y a lo largo de la línea de costa se agolparon para el recibimiento en primera línea todas las autoridades civiles y militares, el clero, los acaudalados de la Villa, la guardia de honor y una inmensa cantidad de público que no quería perderse el recibimiento, por primera vez desde el descubrimiento, a una hija de la reina de España.

Pero ante la comitiva encabezada por la bella Eulalia, algunos entorchados militares cambiaron de semblante y hubieran pasado a la acción de no ser la propia Borbón, la que lucía un traje en tela azul celeste y un cuello de terciopelo rojo, reproduciendo colores de la bandera de los mambises, algo prohibitivo a la férrea censura de las autoridades españoles.

En sus memorias, la visitante explicó que en el barco el esposo y los acompañantes le pidieron que cambiara el atuendo, a lo que se negó porque el vestido era su elección para viajar a la Isla y la similitud con los colores de la bandera cubana era una coincidencia.

De todas formas, el hecho sirvió de tema de los comadreos en toda la ciudad y no pocos consideraron era una muestra de la simpatía de la Princesa por la causa cubana.

Su idilio por la localidad fue a primera vista y dijo que “Las primeras impresiones de la ciudad de La Habana me han recordado a Sevilla, con sus casas bajas, tan apretadas unas contra otras y rematadas todas ellas por una azotea".

Del Morro, escribió "Es un inmenso peñasco lleno de majestad, que se erige perpendicularmente sobre el mar. Sus muros, sus parapetos, sus torres, sus pendones, sus señales flotantes y el faro que lo domina, le dan el aspecto de una gran máquina de guerra, de un coloso puesto de centinela para guardar la ciudad".

Programa oficial y otra realidad

Se le ofreció una fiesta en los jardines de la Quinta de los Molinos, la casa de campo del Capitán General que describe como paraíso, donde "Las lindas cubanas con sus vestidos claros iban y venían, agitando sus abanicos, cuyos tonos multicolores mariposeaban sobre la verdura obscura entre una lujuriosa vegetación tropical (…). Había oído siempre ponderar la belleza de las habaneras, su señorío, su elegancia y, sobre todo, su dulzura, pero la realidad superó en mucho a lo que había imaginado".

Las autoridades le prepararon un programa que incluyó la visita a una fábrica de tabacos, un hospital, comidas en su honor, paseos a caballo y una sonada recepción brindada por los condes de Fernandina, en su palacio del Cerro, donde posiblemente gastaron hasta la última peseta de su menguado capital.

Pero el gesto fue reconocido por la Infanta que dejó escrito sobre la fiesta “(…)  me impresionó vivamente, por su elegancia, su distinción y su señorío, todo bastante más refinado que en la sociedad madrileña de la época… La Habana es una ciudad rica, espléndida, galante, hecha al derroche, a la suntuosidad y al lujo, a las elegancias europeas y al señorío criollo. La Habana, nos hizo un recibimiento cálido, afectuoso y simpático, sin severidad formularia, pero lleno de emoción, como son los cubanos”.

Según versiones de su estancia en La Habana, la Infanta recurrió al periodista catalán Antonio de San Miguel, de conocida filiación liberal, quien le puso en contacto con intelectuales y políticos de la Isla y representantes de "gente de color", entrevistas de las que pudo sacar en tan poco tiempo una valoración muy objetiva de la situación cubana en 1893 como recogió en sus memorias.

Maria Eulalia de Borbón tendría una larga existencia. Durante gran parte de su vida fue la incomprendida de la Casa Real española, sobre todo a inicios del siglo XX, cuando inclusive fue desterrada de su país por el Rey español por sus conocidas posiciones y textos favorables a la reivindicación de los derechos de las mujeres y de crítica a los prejuicios de la corte y la sociedad española en general.

Murió en su patria, en 1958 a los 94 años de edad, sin haber regresado al “país encantador donde los sentimientos son tan vivaces como las plantas y los árboles” y donde quedó prendada para siempre de la Villa de San Cristóbal de La Habana y de su gente.

 

La princesa Eulalia de Borbón

 

La princesa montada a caballo en el patio del Palacio de Capitanes Generales

 

Muchas frases de elogio tuvo para La Habana la princesa Eulalia de Borbón

 

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