Buscar

Votar

Sin votos aún

El Varadero de los atardeceres compartidos

Por: Elisa López
El Varadero de los atardeceres compartidos

A todos los cubanos se nos ha ocurrido alguna que otra vez escribirle unas líneas a Varadero; un  texto para agradecer por el regalo de esa península de aguas siempre azules y mansas, que suele vivir perennemente en nuestros sueños. No importa cuántas nuevas playas del archipiélago nacional entren en el ranking de balnearios famosos del mundo, Varadero sigue habitando los anhelos veraniegos de quienes nacimos en esta islita caribeña, y se mantiene en nuestro Top-Ten de destinos preferidos.

Si alguien lo duda, pues le invitamos a consultar estadísticas más oficiales, esas que en el “argot” de las agencias de viajes se recogen como “comportamiento del mercado interno”. Es cierto que no son engrosadas solo por las tendencias vacacionales de los viajeros del patio, sino que incorporan además a todo el que compra una alternativa de ocio dentro del país, pero está claro que los nacionales resultan mayoría en estas cifras de turismo bien registrado.

Luego habría que sumarle otras, la de las familias o grupos de amigos que optan por alojarse en las casas de alquiler de Varadero; en esas largas cuadras de hogares que se han acogido a la licencia de alojamiento, como método de oxigenación de su economía. Supongo que es un turismo que también se contabilice de alguna manera, porque históricamente ha sido la modalidad que permitió a más cubanos disfrutar de un balneario, que no por casualidad devino en ícono del imaginario nacional.

Ese fue el Varadero que conocimos desde niños los que hoy empezamos a peinar a canas, y antes nuestros padres y abuelos. Por estos tiempos, continúa como la variante más accesible de quienes no consiguen reunir lo que puede costar un hotel; o los que prefieren pasar varios días compartiendo la vida de sosiego y plenitud que suelen regalar las vacaciones en familia, a unas pocas jornadas de excesos.

Se planifica y prepara con recursos recopilados poco a poco, reservando con bastante anticipación aquella casita de terraza amplia que, escaleras arriba, nos separa de nuestra anfitriona de todos los años. Es un Varadero donde siempre somos recibidos con los brazos abiertos, y hasta terminan prestándonos los enseres de cocina que no nos acordamos de traer, o tuvimos que dejar atrás para no añadirle más libras a un “equipaje” engordado a base de reservas.

Resulta curiosa la cantidad de alimentos que se reúnen en la mesa el día en que llegamos, porque aunque se suele hacer previamente una distribución de lo que vamos a necesitar en estas “vacaciones conjuntas”, siempre sucede que sobran luego los paquetes de perritos o postas de pollo, y que en el refrigerador se queda aguardando por la cena de cierre ese pato que alguien trajo con la mejor de las intenciones.

Nunca estarán de más las galletas, la mayonesa o la mantequilla; el jamón diferente que compramos para la ocasión, las cervecitas, y las croquetas que prepara con antelación la abuela de casa. Se agradecen también, aún cuando en un inicio parece que están de más, las bolsas del café que después terminamos colando en las tardecitas; esas papas prefritas que saben tan rico, las botellas de ron de marcas muy diversas,  y los paquetes de spaguettis en todos los tamaños y formatos.

En este Varadero de los veranos nos regalamos más chistes y risas, y el dominó se convierte en una batalla que no termina. Es tiempo para las almohadas itinerantes, el desorden justificado, la cama inventada para el amigo que llega de imprevisto y la cocina en la que se repite todo: pastas con salsa roja y pizzas; pastas con salsa verde y más pizzas, papas fritas y otra vez pizza.

Lo raro suele ser que durante ese período de compenetración e intercambio todo nos sabe y luce increíble, como si lo hubiera preparado el mejor de los chefs, y se recuerda siempre a los amigos y familiares que no están, esos que andan desperdigados por el mundo pero de alguna manera vuelven a esta mesa amplia de terraza en la que crecen por año los espacios vacios.

Las mañanas se dedican a los baños de mar, los paseos más largos, o visitas planificadas de antemano. Los mediodías obligan a esconderse del sol para una siesta breve, la primera partida de dominó, o escuchar música mientras se conversa al amparo de la brisa costera.

Nada hay sin embargo como los atardeceres infinitos en ese Varadero compartido. Se convierte en rutina salir a buscar en grupo la playa sobre las 5 de la tarde, con la toalla al hombro y la neverita bien cargada. No importa entonces que  hayan guardado las tumbonas, uno va dispuesto a echarse sobre la arena, a beberse el olor más fuerte del salitre y dejar atrapado en su mente ese sonido único del vaivén de las olas. El sol, cayendo suave sobre el mar y dejando paso a la noche, se le antojará una visión que le han reservado solo para usted y esas personas queridas que le acompañan.

Enviar nuevo comentario

El contenido de este campo se mantiene como privado y no se muestra públicamente.
CAPTCHA
Esta pregunta es para probar si usted es un visitante humano y para evitar el spam automatizado.
CAPTCHA de imagen
Introduzca los caracteres que aparecen en la imagen.

Esta web utiliza cookies para obtener datos estadísticos de la navegación de sus usuarios. Si continúas navegando consideramos que aceptas su uso. Más información
Aceptar