Arquitectura cubana, museo vivo del Caribe
La arquitectura de Cuba se ha consolidado como un motivo fundamental para los viajes culturales a la isla, según confirmaron recientemente guías y directivos del Ministerio de Turismo. Expertos en la materia describen este patrimonio como una auténtica crónica en piedra, cal y estilos que narra más de cinco siglos de historia .
La Habana constituye un caso excepcional dentro del panorama urbano del continente. La capital cubana no responde a un estilo arquitectónico definido, sino que funciona como un palimpsesto urbano, un espacio donde distintas épocas han escrito su historia sobre el mismo suelo. Esta superposición de influencias convierte a la ciudad en un diálogo fascinante entre la necesidad militar, el poder económico, la elegancia criolla y las utopías modernas.
El viajero que recorre La Habana se encuentra ante un museo al aire libre. Cada esquina revela un capítulo de la historia del Caribe y del mundo. Los especialistas dividen esta evolución en capas fundamentales que permiten comprender la riqueza del conjunto.
La primera capa corresponde a La Habana colonial, entre los siglos XVI y XVIII. La ciudad nació como un puerto fortificado y su arquitectura inicial respondió a fines militares con un carácter sobrio. Pronto floreció el barroco cubano, una adaptación tropical del estilo europeo. De este período destacan fortalezas como el Castillo de la Real Fuerza, la más antigua de América, junto con El Morro y La Cabaña. Las plazas y casas señoriales de la época, como la Plaza Vieja y la Plaza de la Catedral, muestran gruesos muros, portales con arcos, rejas de hierro forjado y patios interiores frescos. La Casa de la Obrapía y el Palacio de los Capitanes Generales figuran entre los ejemplos más notables.
La Habana republicana, desarrollada entre 1902 y 1959, experimentó una fuerte influencia estadounidense. La ciudad explotó en eclecticismo para luego adoptar el art déco y el modernismo. El eclecticismo, con influencias neoclásicas y Beaux-Arts, produjo obras monumentales como el Capitolio Nacional, inspirado en el de Washington y el Panteón de París, el Centro Gallego, hoy Gran Teatro de La Habana Alicia Alonso, y el Hotel Inglaterra.
El art déco y el streamline moderne dejaron edificios de líneas geométricas, terrazas y relieves. El Edificio Bacardí se erige como el máximo exponente del art déco cubano, mientras que el Hotel Nacional combina elementos neoclásicos con este estilo. Durante los años 50, La Habana se transformó en un laboratorio de la arquitectura moderna. El Hotel Habana Libre, antiguo Hilton, el Edificio FOCSA, una de las mayores estructuras de hormigón de su época en el mundo, y las residencias de Miramar y Cubanacán, incluyendo la Casa de Ricardo Porro, testimonian esta efervescencia creativa.
La etapa revolucionaria y contemporánea, desde 1959 hasta la actualidad, desplazó el foco hacia edificios de carácter social como escuelas y hospitales. La preservación del patrimonio colonial y republicano se convirtió en una tarea constante, muchas veces en batalla contra el deterioro. Proyectos como las Escuelas Nacionales de Arte en Cubanacán representan joyas de la arquitectura orgánica.
Un grupo de expertos capitalinos concluyó recientemente una encuesta para reconocer los valores arquitectónicos y urbanísticos de obras en la ciudad. Profesionales de la Sociedad de Arquitectura de La Habana y de la Unión de Arquitectos e Ingenieros de la Construcción de Cuba iniciaron a fines de 2023 una investigación selectiva entre sus asociados.
La investigación buscaba impulsar la declaración de Monumentos Provinciales y Municipales de acuerdo con la legislación recientemente promulgada. El estudio también pretendía fomentar recorridos culturales y turísticos y la consiguiente creación de nuevos empleos más allá de los típicos.
La cantidad y envergadura de las proposiciones obligó a los organizadores a considerar inicialmente solo las 30 más significativas, de acuerdo con la calidad de su diseño. Finalmente optaron por organizarlas en categorías y tipologías: 63 de arquitectura y 12 de urbanismo. Tras el análisis determinaron las siete joyas principales y 30 destacadas.
La relación de las siete joyas principales la integran el Capitolio Nacional, el Edificio Bacardí, la Universidad de La Habana en su colina universitaria, el Edificio Focsa, el Centro Gallego como Gran Teatro de La Habana, el Cementerio Colón y la Escuela Nacional de Arte.
Las 30 obras destacadas incluyen el Paseo del Prado y el Parque Central, el Hotel Nacional de Cuba, el Cabaret Tropicana, el Castillo de los Tres Reyes del Morro, el Palacio de los Capitanes Generales, la Fortaleza de San Carlos de La Cabaña, el Hotel Habana Riviera, la Heladería Coppelia, la Quinta Avenida, la Plaza de la Catedral y el Coliseo de la Ciudad Deportiva.
Completan esta lista la Universidad Tecnológica de La Habana, el Edificio López Serrano, el Palacio Presidencial convertido en Museo de la Revolución, el Palacio de las Convenciones, el Teatro Nacional de Cuba, el Edificio Seguro Médico, el Restaurante Las Ruinas, el Castillo de la Real Fuerza, el Hotel Habana Hilton actualmente Habana Libre, el Palacio Aldama del Monte y la Estación Central de Ferrocarriles.
La enumeración final incluye la Casa de Schulthess, la Plaza de Armas, la Iglesia y Convento de San Francisco de Asís, la Catedral y Seminario de San Carlos, el Malecón y la Avenida del Puerto, el Palacio del Centro Asturiano, el Edificio Radio Centro que alberga el ICRT y el Cine Yara, y la Plaza Vieja.
La arquitectura habanera atrapa al viajero curioso por múltiples razones. Ofrece una lección de historia tangible que permite entender la Cuba colonial, la república azucarera, la época de las mafias y la revolución con solo caminar. La Habana Vieja, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1982, constituye el núcleo de esta experiencia, aunque El Vedado y Centro Habana aportan relatos igualmente ricos.
Cuba, país del caribe con más bienes Patrimonio de la Humanidad
Cuba ostenta el récord de ser el país del Caribe insular con más bienes reconocidos por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad. La lista incluye nueve lugares: la Ciudad vieja de La Habana y su sistema de fortificaciones, Trinidad y el Valle de los Ingenios, el Castillo de San Pedro de la Roca en Santiago de Cuba, el Parque Nacional Desembarco del Granma, el Valle de Viñales, el Paisaje arqueológico de las primeras plantaciones de café en el sudeste de Cuba, el Parque Nacional Alejandro de Humboldt, el Centro histórico urbano de Cienfuegos y el Centro histórico de Camagüey.
Trinidad, fundada a principios del siglo XVI, representa un caso excepcional dentro del patrimonio cubano. El empedrado de sus calles sinuosas, las aceras con ladrillos o losas bremesas, los altos ventanales y la uniformidad de las tejas acanaladas que cubren los tejados parecen detenidos en los siglos XVIII y XIX. Durante ese período el desarrollo azucarero convirtió a la ciudad en una de las más prósperas de la nación caribeña.
En Trinidad se levantaron opulentos palacetes neoclásicos, iglesias y torres de estilo europeo junto a viviendas de fachadas sencillas pero con techos colmados de atributos como estribados y moldaduras. Estos elementos dan fe de la pericia alcanzada por los artesanos trinitarios. Inscrita desde 1988 en la lista de Patrimonio Cultural de la Humanidad de la Unesco, la tercera villa cubana resguarda las claves de la arquitectura tradicional hispanoamericana, influenciada por la transculturación, el mestizaje y la criollización de las construcciones.
La especialista Alicia García, estudiosa del patrimonio arquitectónico cubano, sostiene que las viviendas de Trinidad componen un conjunto singular. Se trata de una mezcla de dos modelos aportados por España: la casa de patio y la traza regular, que se fusionan en un solo resultante, la ciudad indiana. La evolución de la arquitectura en Trinidad revela con claridad la incidencia de dichos procesos y el resultado en una casa distintiva, trinitaria y cubana.
Los patios constituyen precisamente el elemento compositivo más importante y antiguo no solo en la arquitectura cubana sino a nivel mundial, según el arquitecto y catedrático cubano Julio César Pérez Hernández. El experto, autor del libro Patios de Cuba, explica que estos espacios poseen un gran significado simbólico por sus conexiones emocionales con el ser humano y resultan cruciales para la ventilación y la iluminación natural de las edificaciones.
Pérez Hernández describe los patios como el espacio ideal, cerrado, protegido e íntimo pero, al mismo tiempo, abierto al cielo. Desde siempre constituyeron el lugar para el juego de los niños y el sitio de solaz y esparcimiento para la familia. Su libro recorre los patios residenciales y los claustros religiosos, mostrando ejemplos como la casa del intelectual Francisco de Arango y Parreño, los palacios coloniales de condes y marqueses, las casas de la clase acomodada en El Vedado y las mansiones de El Laguito.
La tradición del patio en Cuba responde a dos vertientes seculares que convergen en la isla: la clásica y la islámica. Ambas se filtraron a través de España hacia América y aportaron valores intrínsecos. El Imperio Romano fundó numerosas ciudades en España y conquistó Sevilla, a la que llamaron Hispalis, y posteriormente los árabes también la conquistaron. Ambas culturas dejaron una huella indeleble en esa ciudad andaluza, que devino la urbe más importante de Europa en el siglo XVI gracias a las riquezas extraídas del Nuevo Mundo. El vínculo directo de Sevilla con Hispanoamérica, y en particular con La Habana y su puerto, explica cómo los patios sevillanos encontraron un importante eco en los patios cubanos, matizados por algunos rasgos comunes pero adaptados a las condiciones propias de la isla.
La Habana Vieja y su sistema de fortificaciones, declarados Patrimonio Mundial en 1982, representan el centro histórico más impresionante del Caribe y uno de los más notables del continente americano en su conjunto. Fundada en 1519 por los españoles, La Habana se convirtió en el siglo XVII en un importante astillero para la región del Caribe. Su antiguo centro conserva una interesante mezcla de monumentos barrocos y neoclásicos, así como un conjunto homogéneo de casas con arcadas, balcones, rejas de hierro forjado y patios interiores.
La arquitectura cubana atrae no solo al turista cultural sino también al fotógrafo profesional y al aficionado. La Habana constituye un paraíso de texturas, luces y contrastes. El sol tropical crea juegos de luces y sombras brutales en los volúmenes puros del modernismo y en los relieves barrocos. El atardecer en el Malecón baña las fachadas en tonos dorados y rosados. El color y la pátina, las variedades pastel descascaradas, el óxido en las rejas y la vegetación que se aferra a las ruinas crean contrastes únicos. La estética del deterioro fascina a artistas visuales, que capturan la vida cotidiana en esos escenarios con niños jugando en portales coloniales o ancianos sentados en los bancos de edificios modernos.
El Templete, ubicado en la Plaza de Armas de La Habana Vieja, constituye un monumento de marcado carácter histórico. Su construcción data de 1827 y fue erigido en el lugar donde se cree se fundó la Villa de San Cristóbal de La Habana en 1519. Los expertos consideran esta edificación como la primera construcción de carácter neoclásico de La Habana y una de las obras civiles que más influyó en la arquitectura de Cuba. El monumento tiene forma de templo dórico griego, con un pórtico de seis columnas dóricas que sostienen un friso decorado y un frontón prominente.
Cada año, el 16 de noviembre, fecha de la fundación de la ciudad, cientos de habaneros peregrinan hasta El Templete para dar tres vueltas a la ceiba de su patio y echar una moneda a sus raíces mientras formulan un deseo en silencio. Esta tradición religiosa y cultural permanece viva a pesar del paso de los siglos.
El arquitecto puertorriqueño Ricardo Álvarez-Díaz, cofundador de la editorial que publicó el libro sobre los patios cubanos, expresó que la historia del patio en la vida humana se remonta desde hace 10.000 años hasta ahora. Desde la India, Mesopotamia, Egipto, China y Japón hasta llegar a América, este espacio ancestral se mantiene en la planimetría de la sociedad y define una cultura y una identidad. Para ambos arquitectos, la pérdida de estos espacios equivale a perder el alma y la cultura de una sociedad.
La Unión de Arquitectos e Ingenieros de la Construcción de Cuba seleccionó en 1997 las siete maravillas de la ingeniería civil cubana. La lista incluye el Acueducto de Albear, el Sifón bajo la bahía del alcantarillado de La Habana, la Carretera Central, el Edificio FOCSA, el Túnel de la bahía de La Habana, el Puente de Bacunayagua y el Viaducto de La Farola. Estas obras, consideradas entre las 37 más importantes del sector, demuestran la calidad y la innovación de la ingeniería cubana a lo largo de la historia.
La arquitectura de La Habana constituye su mayor tesoro y su desafío permanente. No se trata de un patrimonio estático, sino de una entidad viva que se resiste a ser una postal congelada. Para quien la visita, ofrece la rara oportunidad de viajar en el tiempo varias veces en un solo paseo, de tocar la historia con la mano y de comprender que la belleza puede residir tanto en la perfección restaurada de un palacio como en la melancólica y vibrante ruina de un sueño.




