La Muralla de La Habana, testigo de una historia ancestral
Uno de los principales motivos de viaje hacia Cuba en la actualidad se relaciona con la historia y la cultura de la isla. En ese contexto, la Muralla de La Habana se mantiene entre los sitios más fotografiados por los visitantes. El interés crece cada año, según confirman los recorridos por el Centro Histórico habanero.
La Muralla de La Habana surgió como una fortificación esencial durante el llamado siglo de oro habanero, cuando la capital del archipiélago se consolidó como un enclave estratégico en el Caribe. Entre los siglos XVI y XVII, la ciudad se convirtió en el puerto más importante del Imperio español en el Nuevo Mundo. Su bahía, de bolsa y con un canal de entrada estrecho y fácil de defender, funcionó como punto de reunión obligado de las Flotas de Indias.
Los galeones que transportaban las riquezas procedentes de México y Perú —plata, oro, gemas, cueros y productos agrícolas— hacían escala en La Habana para abastecerse y organizarse antes de iniciar la travesía atlántica hacia Sevilla. Esta concentración de tesoros atrajo a corsarios, piratas y potencias enemigas, que buscaban capturar o saquear la ciudad para golpear a la corona española.
La amenaza constante impulsó la construcción de una de las obras de ingeniería militar más ambiciosas de la América colonial: la Muralla de La Habana. Los ataques sufridos por la ciudad aceleraron la decisión. El más recordado ocurrió en 1555, cuando el corsario francés Jacques de Sores saqueó e incendió la villa y dejó en evidencia su vulnerabilidad.
La Corona autorizó la construcción de la muralla en 1603, aunque los trabajos no avanzaron de manera efectiva hasta 1663, durante el mandato del gobernador Francisco Dávila Orejón. El proceso avanzó con lentitud, sufrió interrupciones y generó altos costos. Parte del financiamiento provino de un impuesto especial aplicado al comercio portuario.
La obra siguió los principios de la arquitectura militar abaluartada, diseñada para resistir la artillería. Los constructores emplearon piedra extraída de canteras locales, como las de San Lázaro. El trazado inicial, que se amplió con el tiempo, partía de la zona de La Punta —donde más tarde se levantaría el Castillo de San Salvador de La Punta— y rodeaba el perímetro de la ciudad hasta la desembocadura del entonces Arroyo Chorro, cerca de la actual Avenida Bélgica.
La muralla final, concluida hacia 1740, alcanzó una extensión aproximada de 4,6 kilómetros y encerró un área de unas 143 hectáreas. Su altura llegó a los 10 metros en algunos tramos y su base alcanzó un grosor de hasta 1,4 metros. La estructura incluía numerosos baluartes —nueve principales, entre ellos los de Ángel, Santo Domingo y La Tenaza— y varias garitas de vigilancia.
Para mediados del siglo XIX, la muralla ya no cumplía su función militar. Tras extensos debates, comenzó su demolición en 1863. El proceso avanzó de manera gradual y se extendió durante varias décadas.
En la actualidad, el atractivo principal de la Muralla de La Habana es histórico y evocador. Aunque casi ha desaparecido físicamente, su trazado continúa marcando con precisión el límite del Centro Histórico de La Habana Vieja, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1982. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura reconoció así una estructura que muchos turistas descubren mientras recorren las calles habaneras.
Aún se pueden observar fragmentos en zonas como la Avenida del Puerto, la Avenida de Bélgica y los alrededores de la Estación de Ferrocarriles. Estos restos se han convertido en puntos habituales para fotografías y recorridos culturales, lo que confirma el interés creciente por la historia urbana de la capital cubana.
Foto: Prensa Latina




