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El otro Descubrimiento de América

Por Leonel Nodal, especial para Excelencias News Cuba
Reeditan epopeya de expedición en canoa del Amazonas al Caribe

Tan pronto apareció en el horizonte la proximidad de los 500 años del primer viaje de Cristóbal Colón en busca de un camino más corto para llegar a la India – una fracasada aventura que lo arrojó a un Nuevo Mundo, jamás imaginado y que tardó en reconocer—comenzaron a proliferar las más rimbombantes ideas de jubileo y celebración del “Descubrimiento”, dicho así, en una palabra.

Una incómoda piedra surgió en el camino cuando descendientes de los “descubiertos” objetaron aquella noción establecida por siglos y alegaron que en verdad ocurrió un “Encuentro”. 

Más bien fue un brusco “choque” entre dos culturas o civilizaciones, que pudo ser amistoso y hasta amoroso, pero sucumbió ante el afán de encontrar oro de los recién llegados, que echaron mano del látigo, el cepo, el purificador fuego inquisidor, la esclavitud y el exterminio para conquistar, colonizar y extraer las riquezas añoradas.

Un chispazo de genialidad del geógrafo cubano Antonio Núñez Jiménez –en realidad, según confesó más tarde, un sueño de su infancia— se convirtió en el proyecto científico multidisciplinario En Canoa del Amazonas al Caribe, que proponía probar el otro   –y muy anterior— descubrimiento por aborígenes de la cuenca amazónica del archipiélago que salvó a Colón del fracaso total.

El explorador experimentado, el muchacho que con 17 años fundó la Sociedad Espeleológica de Cuba, que se adentró en cuevas, ciénagas y laberintos y contó hasta el último cayuelo del archipiélago cubano, en ese momento hombre maduro de 63 años, de poblada barba grisácea, alto, delgado, con la flexible fortaleza del almácigo y la misma vivacidad en la mirada de cuando “reunía centavos en un cerdito de barro” para su viaje al Amazonas, se plantó con su propuesta ante la comunidad iberoamericana y logró su aprobación. Todo lo demás tendría que lucharlo durante dos años. “De modo que su proeza –que fue histórica—no estuvo tanto en hacer el viaje real, sino en haberlo hecho posible”,  resaltó Gabriel García Márquez.

La propuesta fue presentada en la reunión de las Comisiones Nacionales del V Centenario celebrada en La Habana en enero de 1986 y en abril del propio año recibió la aprobación definitiva en la Conferencia Iberoamericana, realizada en San José de Costa Rica.

Desde el 21 de enero de ese año, cuando llegué a Lima, Perú, para desempeñarme como corresponsal de la agencia Prensa Latina, me propuse darle la mejor cobertura periodística a aquella hazaña científica a su paso por territorio peruano, y de ser posible acudir a su encuentro, para ofrecer mi testimonio de su paso por la selva amazónica peruana. 

El 2 de marzo de 1987,  el grupo  multinacional de investigadores capitaneado por Núñez Jiménez partía desde el pueblo de Misihauallí, a orillas del río Napo, importante afluente del Amazonas, la expedición que por la vía de la ciencia y la cultura se proponía “dar un paso concreto en la unidad latinoamericana y caribeña”.

El desafío planteado por la expedición soñada y organizada por Núñez Jiménez consistía en recrear condiciones de navegación semejantes a las utilizadas por los aborígenes sudamericanos de la cuenca amazónica 500 años atrás, afrontar desconocidas vías fluviales, en un ambiente plagado de sorpresas. 

La expedición pretendía colocar en su justo lugar la verdad histórica, el auténtico papel de descubridores –y pobladores-  del Caribe de aquellos lejanos antepasados nuestros, los nativos de comunidades étnicas del entorno amazónico.

La hipótesis, contada, pero no probada, y más bien con toda intención relegada a favor del cuento eurocentrista del “descubrimiento de América” requería legitimarse venciendo las mismas circunstancias con medios de vida semejantes.

Apenas tres días después de iniciar la navegación por el río Napo, la expedición fue sorprendida por un cataclismo natural de alta peligrosidad. El 5 de marzo de 1987 Ecuador fue golpeado por dos terremotos. El primero, a las 20:54 hora local, con una magnitud de 6,1 en la escala de Richter y el segundo, a las 23:10, con una magnitud de 6,9. 

El saldo final fue de más de mil muertos y daños materiales estimados en mil millones de dólares. La mayor parte de las pérdidas humanas y de la destrucción material no se produjo por los sacudones de tierra, sino por deslaves posteriores.

La catástrofe acentuó el interés informativo en la expedición En canoa del Amazonas al Caribe. El 18 de marzo, logré entrevistar por vía radiofónica a Núñez Jiménez,  mientras la misión científica navegaba por el río Napo, aún en territorio ecuatoriano, pero ya cerca de la frontera con Perú.

Gracias a la colaboración del embajador cubano en Lima, Francisco Ramos, que nos facilitó la radiofonía de la misión diplomática,  pudimos establecer contacto con el prestigioso y audaz geógrafo cubano.

Todavía estábamos muy lejos de los GPS, la comunicación satelital y mucho menos de la telefonía digital o Internet.  En aquellos tiempos las agencias internacionales de noticias se valían de circuitos telegráficos bidireccionales, télex o teléfono, todos inútiles para este tipo de conexión. Hoy muchos jóvenes periodistas jamás han visto un telex. Ya nadie piensa en otra telefonía que no sea celular y universal, capaz de conexión inmediata con cualquier remoto lugar del planeta. La cobertura de la guerra en el Líbano entre 1978 y 1982 nos enseñó que la radiofonía y la telegrafía en clave Morse eran los únicos recursos útiles en situaciones extremas.

En la entrevista con Núñez, publicada al día siguiente en el diario cubano Granma, nos puntualizó que se encontraba en el Puerto Nuevo de Rocafuerte, a orillas del río Napo, en Ecuador, a 22 kilómetros de la frontera con Perú y a mil 300 kilómetros de Lima.

En respuesta a una pregunta sobre los primeros días del trayecto, nos contó que estuvieron marcados por la mayor catástrofe natural que recordaba el pueblo ecuatoriano. “Hemos tenido ríos crecidos, terremotos, palizadas y atravesando un territorio en el que la naturaleza se ensañó, llevando el luto a muchos lugares”, nos dijo.

A seguidas nos enfatizó que a pesar de tantos obstáculos todos los expedicionarios se mantenían listos a cumplir su objetivo con alto espíritu. “Los navegantes solo han sufrido quemaduras solares y problemas estomacales y algunos tienen todavía gripe, debido a una epidemia a lo largo del río, pero son problemas menores”, añadió.

En ese momento aprovechó la ocasión para expresar que estaba “muy impresionado por la entereza del pueblo ecuatoriano frente a la reciente catástrofe” y por otra parte, “complacido de que sus acompañantes participaran en labores de beneficio social”.

"Nos place señalar, que nuestro médico está al servicio de las poblaciones por donde transitamos, igual que los técnicos que prestaron su ayuda. Hoy, por ejemplo, arreglaron en Rocafuerte las bombas de agua y equipos dañados por el mal tiempo".

Luego nos relató que en esos días, a pesar de lluvias torrenciales, visitaron la tribu primitiva de los Anca, en un viaje que demoró un día a favor de la corriente y otro en contra. Apuntó que solo habían tenido un día de sol.

Por último, subrayó la necesidad de ganar tiempo para cumplir el cronograma trazado y recordó que pretendía arribar a Iquitos, ciudad peruana a orillas del Amazonas a finales de mes, donde asistiría a un simposio científico, para partir el primero de abril.

El día 20  de marzo, a las 13:00 horas, la canoa insignia "Simón Bolívar", con su estandarte desplegado y navegando por el río Napo cruzó la frontera ecuatoriana y penetró en Perú.

El 22 volví a entablar contacto radiofónico con Núñez Jiménez, quien nos informó que las condiciones de navegación habían mejorado mucho y la misión realizaba investigaciones a lo largo del trayecto peruano.

Señaló la cálida acogida que le dieron las autoridades locales al cruzar la frontera y nos contó que la cañonera Ucayali, de la Marina Peruana, se les había sumado e iba detrás dándoles protección.

Me informó que en dos días habían avanzado 57 kilómetros hacia el entronque con el río Amazonas. Habían hecho un alto en la cañada de Santa María, un afluente del río Napo, desde donde el grupo de investigadores se internó 15 kilómetros tierra adentro para tomar contacto con una tribu indígena en la zona.

En su trayectoria, nos dijo, el grupo recoge plantas para estudios botánicos, datos socioeconómicos y otros referentes a la vida en esta región selvática. Calificó de excelente el estado físico de los expedicionarios y destacó la presencia en el grupo de dos arqueólogos peruanos, Hernán Carrillo, con quien compartió investigaciones geográficas anteriores en este país, y Aldo Bolaños, ambos de reconocido prestigio.

Después de esa entrevista, publicada en Granma el 25 de marzo, emprendí la preparación de mi traslado a Iquitos, un viaje larguísimo y costoso, para el cual finalmente conté con el apoyo de la línea aérea Fawcett y de una publicación especializada en turismo de aventura, que sumó a uno de sus editores.

A la distancia de 30 años tengo la impresión de que el viaje duró más de tres horas. Entonces tuve una imagen mucho más precisa del tamaño de Perú, las radicales diferencias entre la costa del Pacífico, la sierra andina y selva amazónica, de la que me habían hablado, y la riqueza de la fauna, la flora, la diversidad de costumbres y la gastronomía.

Situada a 3 mil 850 km del Atlántico y a unos 600 de la cordillera andina, al aterrizar sentí la impresión de encontrarme en un inmenso jardín de todos los tonos de verde, surcado por un brazo de agua del que no distinguía la otra orilla. Según nos aportó el propio Núñez Jiménez, estábamos a 122 metros sobre el nivel del mar y solo 10 metros por encima de las crecidas aguas del Amazonas, para entonces color café con leche bien revuelto.

Averiguamos dónde se encontraba alojada la tropa de Núñez Jiménez y enseguida fuimos a su encuentro. De hecho era el primer cubano con el que toparían en todo este trayecto fluvial. Para mi sorpresa y satisfacción al primero que ví fue al camarógrafo de la TV cubana Antonio Gómez, nuestro querido amigo “el Loquillo”, como lo llamábamos desde aquella época. Nos vio y corrió a mi encuentro y nos abrazamos. Fue emocionante. No lo veía desde que coincidimos por un corto tiempo en Nicaragua, el año anterior.

El Loquillo nos llevó hasta donde se encontraba Núñez Jiménez, un hombre por el que sentía un respeto inmenso –ahora engrandecido- desde que bajó de la Sierra Maestra con el grado de capitán y era un inseparable acompañante de Fidel Castro. El respeto intelectual creció con la publicación de sus memorias tituladas En marcha con Fidel, el fabuloso libro de geografía de Cuba al que llamó El Archipiélago y muchos otros artículos. Su capacidad de trabajo era increíble, siendo viceministro de Cultura y a la vez escritor infatigable.

Al verlo me pareció más delgado, con un acentuado aspecto de Quijote, con el rostro marcado por el cansancio, pero una mirada más profunda. Estaba escribiendo en ese momento y me pareció suficiente su educado gesto de hacer un alto para saludarme. Ya hablaríamos luego. En nuestro siguiente encuentro, un día después,  hablamos un rato, se mostró muy amable y agradecido por nuestro empeño en cubrir su ruta, y me dijo que ya yo era miembro de la expedición y me obsequió una medalla dorada con el emblema a colores del estandarte diseñado por Guayasamín. Lo de expedicionario lo tomé como una cortesía, pero me dio una gran satisfacción.

Antes de retirarme, tuve otra agradable sorpresa. Entre los integrantes del grupo se encontraba una joven geógrafa de la Academia de Ciencias que me saludó y dijo conocerme. Era Liliana Blaín Cairo, la hermana de mi compañero y amigo Rodolfo Blaín, diplomático de la Embajada de Cuba en Líbano. Lo menos que podía esperar en ese sitio, pero una grata coincidencia.

La expedición se marchó, pero mi acompañante y yo nos tuvimos que quedar otra semana en Iquitos. Una torrencial lluvia que no cesaba se posesionó de la ciudad. El aeropuerto local cerró hasta nuevo aviso. Los aviones no podían aterrizar ni despegar.

El inconveniente solo nos dio la ventaja de conocer un poco más de la ciudad, descubrir sus contrastes entre el barrio de Belén, levantado sobre el río, encima de pilotes, al que solo se podía acceder en piragua, y las residencias de los antiguos exportadores de caucho –como una de hierro, construida por el francés Eiffel, el mismo de la famosa torre parisina—traída desarmada hasta la selva y edificada sin usar soldadura, toda atornillada. Otras cubiertas de azulejos, exhibían la opulencia de los nuevos ricos exportadores de madera.

En el restaurante local donde nos alimentamos descubrí el palmito al natural, servido en largas y finas tiras como macarrones, y unas masas de pescado blanco deliciosas, que nos dijeron eran del paishe, un enorme pez habitante del Amazonas, que puede alcanzar varios metros de largo y es muy apetecido.

Unos meses más tarde otra misión periodística me llevó hasta Quito y algunos de los lugares descritos por Núñez en sus relatos de la expedición. Ese propio año también la cobertura de una cumbre de países amazónicos nos llevó a Manaos, en el corazón de la amazonia brasileña. De cierto modo realizaba el mismo trayecto de la expedición de Núñez, pero al revés: del Caribe a la Amazonia, lo que no deja de ser un buen convite para conocer Nuestra América, su geografía, su gente y su cultura.

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